Allá (Là-bas) de Chantal Akerman - 2006
Allá es un autorretrato documental en el que la cineasta, encerrada en su piso en Tel Aviv, saliendo apenas para comprar cigarrillos o comida, filma los alrededores a través de las ventanas y reflexiona en voz alta sobre acontecimientos, banales y terribles, que suceden durante su estancia en reclusión.
El Cielo Gira de Mercedes Álvarez - 2004
Sinopsis: En Aldealseñor, un pueblo de los páramos altos de Soria, quedan hoy 14 habitantes. Son la última generación después de mil años de historia. Mercedes Álvarez, directora, fue la última niña nacida en el pueblo, en el que tan sólo vivió hasta los 3 años. Para realizar esta compleja y sentida reflexión sobre el paso del tiempo, Mercedes Álvarez volvió a vivir en Aldealseñor durante un año. Con su cámara trata de reflejar el presente del lugar en un momento de cambio decisivo a la vez que trata de recuperar y fijar en celuloide su propio pasado.
Ruta uno USA (Route One USA) de Robert Kramer - 1989
No llegamos a leer este texto en el encuentro, pero me parece importante que lo lean para conocer un poco más de este documental con ficción:
"La nuestra es una guerra lenta: en Estados Unidos cada día muchas personas mueren de hambre o de SIDA y por muchas otras causas prevenibles o evitables. Cada día, cuando vuelvo a mi casa no soy la misma que al salir por la mañana", dice una joven afroamericana en una habitación iluminada por tubos fluorescentes. Ella y Doc (Paul Mc Isaac) se encuentran en una de las megaciudades que une la Ruta Uno estadounidense. "¿Cómo hiciste para sobrevivir tanto tiempo en un lugar como ese, sin las cosas que tenemos aquí, sin saber el idioma, con gente tan distinta?" pregunta a Doc otra muchacha, también de color. "No lo sé", responde ella. Mientras Kramer –que también se encuentra allí, pero detrás de cámara– estaba en París, Doc estaba en Africa, combinando su militancia revolucionaria con el ejercicio de la medicina. "La revolución me ayudó mucho –intenta explicar el médico–. Es algo que te da fuerzas, y que está por encima del quehacer cotidiano. Después me ayudaron las drogas y el alcohol."
Ambos (Kramer y Doc/Mc Isaac) se habían "exiliado" voluntariamente de Estados Unidos en 1980, y diez años después decidieron regresar para recorrer su país ("no digamos volver a casa sino simplemente volver", acordaron) a través de una de las principales arterias que lo atraviesan: la Ruta Uno, que une Fort Kent (en la frontera con Canadá) con Key West, Florida, cubriendo toda la costa Este. ¿Cuánto crédito debemos dar al pasado del protagonista del film (y alter ego de Kramer)? Mc Isaac ya había trabajado en dos películas de Kramer, Ice (1969) y Doc’s Kingdom (1987). En ambas interpretó a este tal Doc, primero como un ciudadano que elige la vía armada y luego como un viajero solitario por Africa y la capital portuguesa, Lisboa.
Route One cierra entonces esta curiosa trilogía en la que la ficción y el documental se combinan hasta desdibujarse, hasta desvanecerse como categorías. Doc comienza el camino bañándose desnudo en helados rápidos de frontera y leyendo a Whitman "que es la América que amo, para poder enfrentar a esa otra que odio". En su viaje bohemio con mirada militante, se cruzarán con predicadores devenidos en influyentes políticos de derecha, cinturones industriales alucinantes en los que conviven la mayor de las pobrezas, la marginación, la alta tensión étnica, la lucha de los postergados por conservar la vida y la dignidad, la opulencia de unos pocos... con el peso de una historia de tres siglos, repleta de héroes, pensadores, artistas, víctimas y victimarios, cuyos rastros quedaron en museos y monumentos.
El documental de Kramer mete el bisturí bien por debajo del fresco del país del Norte que pincelan las ficciones hollywoodenses. Ahí, a la vuelta de la esquina en Boston, o en Miami, está ese gigantesco ejército de reserva que pesca sardinas, prepara los tableros del Monopoly o da forma a las baldosas de las veredas. Trabajan, sueñan, pelean, sufren, crecen, mueren. Frente a esa realidad múltiple e inagotable, Kramer y Mc Isaac eligieron el único camino posible: la contemplación, el dejar "que las voces hablen". La "objetividad" es basura burguesa así que, como siempre, vuelven a estar las voces de los realizadores, bajo cuya mirada todos esos hombres postergados también luchan una guerra lenta, ineludible.
Doc llega a dejar atrás a la cámara en uno de los tramos. Pero viajar es un deber y una necesidad, así que la cámara seguirá su epopeya solitaria, hasta reencontrar a su compañero. Más allá de estos malabares, quien en los ‘60 elaboraba inflamados panfletos audiovisuales ahora (el film es del '89) opta por hablarle al espectador a partir de encuadres más prolijos sobre lo cotidiano. Después de cuatro horas y media de metraje y tres mil kilómetros recorridos, no queda nada por decir: no hay discurso de cierre ni juego conceptual de imágenes; sólo el atardecer gris de una playa cruzada con cemento. Los bordes del imperio industrial.
Texto leído sobre CHANTAL AKERMAN:
El cine de Akerman, con sus imágenes que fluyen de una manera tan libre como precisa, es un cine del tiempo (del espacio, también) y por tanto de la memoria.
La duración de los planos en su filmografía corresponde a un sentido íntimo del tiempo que apela íntimamente a cada espectador. Si cada uno siente a su manera el paso del tiempo y tiene su medida, la realizadora belga hace presente a cada espectador que ha de mantener su propia relación con la duración del plano, de manera que puede hacérsele largo o corto, puede aburrirle o fascinarle, puede sentir el deseo del plano siguiente o de que el plano aún dure más, puede creer que ha tenido tiempo para verlo todo o que aún no ha visto nada. Sus planos recuerdan que el cine es el lugar de una experiencia personal. Añadiría que la duración inhabitual de estos planos es una voluntad de memoria, de hacer perdurables los seres y las cosas en las imágenes filmadas, aunque sea mostrando el momento de su desaparición, disolución o transfiguración en el tiempo. Lo que responde al deseo de capturar el instante, a pesar del hecho que, ni en el estatismo pictórico de tantas imágenes suyas, no deje de ser perceptible el momento y así el cambio. También éste es un deseo primordial del cine: embalsamar el tiempo mostrando a la vez el movimiento y, por tanto, la mutación de los seres y las cosas. El paso del tiempo, que siempre arrastra la pérdida. De ahí, cómo en el proceso de escritura, la imagen se crea con un deseo de memoria y, en su belleza o verdad, contiene un deseo poético de hacerse digna de memoria. Un conjuro contra el olvido. A la vez una consciencia del tiempo que pasa y, por tanto, del tiempo perdido que se tiene que buscar, que se intenta recuperar, quizás inútilmente, pero no siempre inútilmente.
… Existe, sin embargo, la posibilidad de recuperar el tiempo pasado y, por tanto, perdido a través de la creación, que quizás sobre todo es la recreación de algo que, queriéndose retener, se ha escapado para siempre. Pero el tiempo puede conceder una distancia que permita un conocimiento sobre la experiencia. De ahí se impone una reconstrucción a través de la memoria, una elaboración (una escritura) que puede favorecer la transferibilidad de la experiencia personal.
Fragmento del texto de Imma Merino - www.blogsandocs.com



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